domingo, 23 de agosto de 2015

Mi primer encuentro con los Apus

Era Semana Santa del 2010, y  venía yo bastante "golpeado" pues en enero había ocurrido la separación en mi matrimonio, y estaba yo intentando superar ese trance. Había iniciado un nuevo trabajo bastante demandante de tiempo, trabajaba mas de 15 horas diarias y también fines de semana. La idea era no pensar, no sentir. Además las sesiones con mi psicóloga no habían dado el resultado esperado, más por mi fuerza de voluntad que por la experiencia de la doctora. Había sido necesario ir al psiquiatra y aceptar tomar ansiolíticos. Eso me hacía sentir muy mal, me refiero a que demostraba mi debilidad por manejar esa situación, o al menos eso pensaba en aquel momento. No quería tomar pastillas, desde febrero lo venía posponiendo pero ya era inevitable.
Un buen amigo de la universidad, sin saber con certeza por lo que pasaba, me invita a hacer un treking hacia la Laguna de Llaca, en Huaraz, Yo siempre había sido aventurero pero nunca había hecho un trek, y mucho menos se me hubiera ocurrido iniciar esa actividad en la sierra. Decidí aceptar. En el viaje ibamos, mi amigo, su cuñado y otro amigo en común. Una amiga se unió al grupo en Huaraz. Hasta el último momento dudaba de ir pues no me sentía bien anímicamente.
En el viaje hacia Huaraz, sin saber que sería el inicio de una relación intensa con las montañas, iba pensando en lo duro que habían sido estos meses. Había llegado, por lo menos, a algunas conclusiones. Existiría un antes y un después de ese verano. Yo ya no sería el mismo definitivamente. Se había marcado aquel hito que sin proponermelo ni buscarlo se produjo ese enero del 2010. Comenzaría mi búsqueda de lo desconocido, aunque hasta ese momento aún no fuera consciente de lo que sucedía, ni de lo que estaba por venir.
Mi ascenso a la laguna fue duro. Fueron varias horas de caminata, con mi indumentaria de novato que poco o nada servía para paliar el frío. En el camino, procuraba ir al final del grupo, no quería hablar con nadie. Mientras caminaba por los senderos entre las montañas, bordeando lagunas, yo no apreciaba el paisaje, no vivia aquello que debía vivir, sentir, respirar, por venir absorto en mis pensamientos. En cierto momento, empecé a llorar al recordar a aquella persona. No me había percatado pero el cuñado de mi amigo, Paul, quien era americano, me venía observando. En una parte del sendero, desde donde se veía casi todo el valle así como la ruta que habíamos recorrido hasta allí, decido tomar un descanso y él se sentó a mi lado y me preguntó qué me sucedía. Debí haber estado muy mal para que me haga esa pregunta, No suelo contar mis cosas, pero sentí una mirada tan humana, tan tierna, con tanta sinceridad que le comenté que estaba viviendo la etapa post separación. El me miró y me dijo " te entiendo, yo tambien perdí a un ser querido. Un tío al que quería mucho se suicidó no hace mucho tiempo, Yo sufrí mucho y sé lo que duele,". Entonces lo miré,y de pronto él señaló unas rocas, y me dijo. "Vez esas rocas? Vez como a pesar del frío y del calor, y de lo agreste del suelo, brotan esas flores amarillas?" No me habia percatado, que entre las piedras habían unas pequeñas florecillas amarillas no una no dos , varias. Entonces me dijo, "tu debes ser así, como esas flores, no importa el ambiente, debes brotar y vivir. No te estanques y vive cada minuto de tu vida como si fuera el último" Y me abrazó. Ese fue la primera vez en esta etapa post seperación que entendía que por alguna razón, las personas buenas, "los ángeles", se van cruzando en el camino,
Me sentí mas aliviado, con pena pero con mayor entendimiento de las cosas. A la bajada, o al regreso, nuevamente me distancié del grupo pero ahora quería observar todo, con detalle, con calma, con paz. Al borde de una laguna, y con las montañas sobre mi cabeza, me arrodillé y me quedé en silencio, sólo, mirando, observando, y fue la primera vez que le hablé a los Apus, a la montaña. Le pedí permitirme ser parte de todo lo que la rodeaba, quise ser una piedra, una flor, una rama, un ser vivo que sólo exista para sentir todo aquello que fue creado por la naturaleza. Por primera vez me había sentido tan insignificante ante tanta belleza, las montañas, el cielo azul infinito. Tomé una piedra y la cogí fuerte entre mis manos. Pedí a los Apus para que todo lo que sentía, mis penas por el pasado, estuvieran en esa piedra y que me permitieran dejarla ahí. Levanté mi mano  y tiré la piedra lo más lejos que pude hacia la laguna. Lloré u
n buen rato, y bajé ...con menos peso, y.... dispuesto a iniciar esa búsqueda, sin saber que regresaría a la montaña no una sino muchas veces más. Ya había pedido permiso a los Apus, y ellos me recibirían para escribir más historias.

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