En julio del 2014, sabía yo que iba a dejar las
montañas por un buen tiempo. Sabía que iba a cerrar una etapa con Vanessa pues
luego de casi cuatros años de relación era mejor para ambos separarnos. Ambos
lo sabíamos, ninguno daba ese paso. Es así que sabía yo que esa salida a la
montaña debería marcar un hito, hoy puedo darme cuenta que así fue.
Preparamos el viaje aprovechando los feriados largos
de Fiestas Patrias. Los planes eran hacer dos cumbres en cuatro días, las
montañas escogidas eran el Tocllaraju de 6,032m y el Rajutuna de 5,360 m. El
equipo o cordada estaba conformada por Vanessa, Julio, Juan y yo. Todos ellos
tienen más de 10 de años practicando alta montaña y venían de hacer salidas
semanales, o ascensos todos los fines de semana. Yo venía de sólo correr no más
de 30km a la semana y no hacer ascensos desde hacía buen tiempo. Sabía que no
podría afectar el plan del grupo así que decidí acompañar al equipo sólo hasta
el campamento base en la primera montaña, y en el segundo sí intentaría el
ascenso.
Llegando al pueblo que da inicio al camino hacia el
Tocllaraju contratamos acémilas para cargar las mochilas y carpas. No queríamos
portear para guardar energía pues la ruta era larga. Debíamos comenzar a
caminar hasta el campamento base desde las 9am hasta las 4pm. Había un pequeño
detalle: ninguno dentro del grupo conocía la ruta. Se iba a apelar a la amplia
experiencia de Vanessa y sus amigos. Yo no podía aportar mucho y no me quedaba más
que seguirles el paso. Mi preocupación era poder mantener el ritmo y no
quedarme atrás. A veces toca eso, seguir a los demás.
Iniciamos la caminata, con el arriero y las mulas por
delante. Luego de unas tres horas de estar detrás del lugareño, de pronto, en
una bifurcación, creímos tomar el camino correcto. Luego nos daríamos cuenta de
lo que había pasado.
Luego de varias horas de caminata, y ya pasando las 2 pm percibíamos que probablemente estábamos perdidos. Ya no veíamos al
arriero a la distancia. Ya cansados, sin agua sin comida y sin mucho en las mochilas de
ataque nos dieron las 5pm. El miedo, natural, nos comenzó a embargar. Sabíamos
que nos quedaba una hora de luz antes de que el frio comenzara a sentirse con
intensidad. En las mochilas de ataque solo cargábamos una botella de agua o
alguna fruta. No cargábamos mayor abrigo pues pensábamos que en el peor de los
casos a las 4pm deberíamos estar en el campamento base (una laguna a la base
del nevado Tocllaraju).
Seguimos ascendiendo en la creencia de que estábamos
en el camino correcto. Eran las 7pm y teníamos que tomar una decisión: seguir (creyendo
que estábamos retomando el camino correcto) lo que nos llevaría a encontrar
nuestras carpas y mochilas; o, buscar refugio y tratar de pasar la noche con el
poco abrigo (casi nada) que teníamos puesto. Decidimos seguir, Las horas fueron
pasando, solo yo tenía frontal, el miedo nos invadía. No separamos en dos
grupos: los dos amigos iban por delante, a una distancia de 300 mts, y Vanessa
y yo. De un momento a otro nos perdimos y no encontrábamos el rastro de Juan y
Julio. Eran cerca de las 10pm, ya no tenía luz en la frontal, y los nervios y
miedos nos comenzaron a embargar. Cada vez se sentía más el frío. Estábamos a
4,000 mts. o más. El frio era intenso. Vanessa y yo comenzamos a discutir…una
vez más. Conversamos de nuestras diferencias y ambos no queríamos decirlo pero
el sentimiento del uno hacia el otro ya no era el mismo. Habíamos pasados
muchas cosas. La depresión y ansiedad de ella, su inestabilidad, mi falta de
autoestima, mi deseo de conocerme a mí mismo y descubrir que tenía muchas cosas
por hacer por y para mí. Toda esa crisis existencial y emocional nos hizo
participar de una relación con dos caras: una llena de sufrimiento, heridas,
dudas, cuestionamientos y peleas; pero por otro lado uno lleno de aprendizaje,
de descubrimiento del yo interior, del análisis de nuestra pasado y presente,
descubrir, durante largas horas de tertulia de "nuestros patrones" y
de nuestras carga emocionales, de entender juntos el sentido de la vida y de la
razón de nuestra existencia en esta vida. Como siempre se lo decía, en el
balance, a mí me quedaba un gran amor por la relación y por ella, un amor hacia
la esencia y ser humano que representaba Vanessa. Por eso sabíamos que nuestros
caminos se habían cruzado por alguna razón. No fue casualidad y también sabíamos
que era una etapa que debíamos atravesar juntos. Pero ya eso había terminado y
seguía la separación. Ambos lo sabíamos pero nadie daba el paso. Yo sabía que
me despediría de la montaña por un buen tiempo y por siempre de ella.
Luego de discutir y con un frio intenso, decidimos
buscar un refugio pues se veía muy poco a esa hora de la noche. La temperatura
seguía descendiendo y la sensación de frío era intensa. De pronto, me acordé que
hacía unas semanas había comprado, anecdóticamente por primera vez en dos años
de estar visitando montañas, una manta de sobrevivencia. Lo había guardado por
algún lado en la mochila. Solo rogaba que estuviera ahí. Ahí estaba. Sabía que
no era suficiente pero en algo ayudaría a mitigar el frío. Sólo un pequeño
detalle, por el tamaño de la manta sólo podría servir para una persona.
Decidimos acurrucarnos al lado de una roca para evitar el viento, nos sacamos
las botas por lo húmedo que estaban. Le di la manta a Vanessa y me pegué a ella
como a si de eso dependiera mi vida. Por suerte el cielo está despejado y no
llovió. Con luna llena y las estrellas por todo el cielo, el frío nos hizo
pesar una muy mala noche, casi no dormí por el frío, pero pudo ser peor.
Siempre puede ser peor cualquier situación. Nunca en mi vida había sentido tanto
frío y tampoco había tenido tanto miedo en la montaña. Al amanecer y ya casi con
algo de luz nos levantamos para continuar, y en eso momento nos habíamos percatado
de cómo llegamos a esa roca. Durante la noche, al intentar seguir a los
muchachos, y entre la discusión y ya sin la luz, fuimos ascendiendo pero
bordeando la montaña, hasta encontrar la roca donde pasamos la noche. Esa roca
evitaba continuar, no habia más camino, y hacia un lado sólo se apreciaba un abismo.
Pudo ser peor, siempre se puede estar peor. Esa noche los Apus aún nos querían
vivos.
Finalmente, encontramos a Juan y Julio, descendimos
hacia el pueblo, nunca llegamos a la laguna donde estaban nuestras cosas.
Seguimos hacia la siguiente montaña dos días después en el Rajuntuna e hicimos
cumbre. Fue mi último ascenso. Dos semanas después di ese paso: decidí terminar
mi relación con Vanessa. Ya han pasado 14 meses que dejé la montaña, y que
inicie una nueva etapa en mi vida, sólo y siguiendo con mi experiencia de
buscar la felicidad.
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