Era
enero de 1999, y Claudia y yo acabábamos de salir de clases. Fue la primera Claudia en mi vida y fue maravilloso conocerla. Los viernes las
clases terminaban al mediodía, así que decidimos caminar, como tantas veces ya
lo habíamos hecho, sin rumbo, sólo con el ánimo de charlar como dos grandes
amigos, como si nos conociéramos de toda la vida. Esa gran amistad se había
consolidado en pocos meses. Ella acaba de cumplir 18 en noviembre del '98 y yo
había cumplido 26 años ese enero.
Yo había llegado a Vancouver a fines de octubre
de 1998 y Claudia había llegado un mes antes. Aún recuerdo la primera vez que
la vi y la vez que me escondí por miedo, por timidez. Ingrid, una amiga de
Perú, quien había llegado en agosto a esa ciudad y con quien se supone pasaría
el tiempo, me animó para viajar hasta esa ciudad, en ese frío invierno, en
Canadá. Cuando arribé a Vancouver Ingrid ya tenía enamorado por lo que me
quedaba claro que debería andar solo. Era improbable que pudiera hacer amigos y
menos comunicarme con "classmates" pues mi inglés en ese momento era
muy pobre. Cuando llego a la escuela de inglés, Ingrid me presenta entre otras
personas a Claudia. Ella era de México, era una chica de unos ojos negros
inmensos y hermosos, rostro delicado, cabello negro muy largo. En verdad era
muy bonita. Una semana después Ingrid me invita a una reunión en un restaurante
mexicano para celebrar el cumpleaños de Claudia, la cita era para el 10 de
noviembre. Dije sí pero pensando en buscar algún pretexto para no ir. Era
demasiado tímido para ir a una reunión donde no conocía a nadie salvo a Ingrid.
Irían unos 10 estudiantes entre mexicanos, colombianos, argentinos y nosotros,
los dos únicos peruanos.
El día de la reunión, decidí, armándome de mucho
valor, asistir a la reunión. Por supuesto que en esa época no teníamos celular,
no existían el Facebook o el WhatsApp, así que sólo quedaba confirmar, buscar
la dirección en los numerosos mapas de la ciudad y asistir. Estando en el bus,
a unas cuadras de la casa de donde vivía, me percato que Claudia sube al bus,
sólo atiné a esconderme. Me moví hacia el final del bus y me agazapé. Realmente
mi timidez era de tal nivel que me paralizaba frente a una chica bonita. Qué
idiota! Bueno era yo así, que se le iba hacer. Dejo que Claudia baje del bus
en la parada cercana al restaurante, y yo no bajo. Bajé dos paradas más
adelante. No quería que Claudia me viera. Me paralizaba el hecho de no saber
que decir. Llegué unos 20 minutos después y en esa reunión Claudia y yo nos
dimos cuenta que por alguna razón había química entre nosotros. Sólo fue una
intuición pero luego el tiempo nos daría la razón. Hasta el día de hoy Claudia
y yo somos grandes amigos y el Facebook ha hecho que de alguna forma estemos
conectados. Por supuesto que este "pequeño acto de timidez en el bus"
fue narrado a Claudia, y hasta hoy, cada vez que lo recuerda le causa mucha
risa. En Vancouver, Claudia y yo forjamos una gran amistad, una amistad como yo
nunca antes había tenido con una "chica". Fuimos compañeros de
aventuras, nos contábamos nuestros sueños, emociones, sentimientos, de estar
siempre conectados ella y yo, de viajar a México o ella a Perú...cuantos
momentos en el famoso café cercano a nuestras casas, cuantas caminatas,
anécdotas miles, o de cuando todos en la escuela, incluyendo los profesores y
los dueños de casa donde vivíamos cada uno, pensaban que éramos enamorados....sólo
había una gran y hermosa amistad. Agradezco a la vida haber tenido la
oportunidad de tener esas vivencias en Vancouver, de haber conocido a Claudia y
a Nataly. De Nataly escribiré en otro momento, mujer muy especial para mí.
Bueno fue así como Claudia y yo nos conocimos. Y
retomando el inicio de mi historia, una vez más, Claudia y yo nos aventuramos a
recorrer Vancouver, esta vez por el lado de la playa.
Eran casi las 4pm de ese viernes frío, no había nevado
pero si se sentía frío. Ya estábamos acostumbrados. De pronto, ya algo cansados
de caminar por más de 4 horas, decidimos sentarnos en una banca mirando hacia
el mar. Estábamos en un muelle y había algo de neblina. Estábamos conversando
de lo bien que la pasábamos juntos, de nuestra gran amistad, reíamos mucho de
sus ocurrencias. Claudia tenía un fino sentido del humor. De pronto caen unas
gotas sobre nuestras cabezas, nuestros rostros. La poca gente que había por los
alrededores acelera el paso y sacan a relucir sus paraguas. Claudia y yo no
teníamos paraguas, casi nunca los cargábamos, y nuestra ropa, no era la mejor
para ese clima extremo. La miro y le digo: "me encanta la lluvia pero te
vas a mojar y te puedes enfermar, será mejor que nos vayamos". Ella me
mira con esa mirada tierna, de niña, cómplice y pícara, y me dice: " estás
loco, yo amo la lluvia". Nuevamente sonreímos, alegres de darnos cuenta
que en eso también teníamos algo en común. Sentíamos una paz interior inmensa,
y que mejor que compartirlo con alguien, que en ese momento, en ese lugar muy
remoto y tan lejos de nuestras familias, se había convertido en lo más cercano
a esa persona que puedes amar fraternalmente sin condiciones, sin límites, con
total entrega el uno hacia el otro. Guardamos silencio y continuamos disfrutando
tan bello momento, con la lluvia empapándonos, mirando el mar, sintiéndonos acompañados
el uno del otro.
Luego de unos minutos, Claudia me mira e interrumpe
ese mágico momento, y dice, señalando como a unos 50 metros de distancia en el
mar, "mira hay algo en el mar", yo le respondo, " debe ser un
lobo de mar o una foca". "No", insiste ella. Nos acercamos hacia
la protección del muelle y nos percatamos que efectivamente no era lo que
parecía. Era un pobre perro que, vaya saber cómo había llegado ahí, nadaba
hacia un bote y de alguna forma intentaba sujetarse de algo y no tenía de dónde.
Miro a Claudia y le digo, "trata de llamarlo, voy a buscar ayuda". En
ese momento salgo corriendo, y no veo a nadie a quien acudir. Sigo corriendo,
hasta que a unos 100 mts de donde había dejado a Claudia encuentro un teléfono
público. Estaba muy angustiado, preocupado por el pobre perro que estaba
soportando baja temperaturas en el agua, calculo que cercano a uno 5° C, si no era menos.
Levanto el teléfono y pido ayuda a la policía. En el poco inglés que había
aprendido en dos meses y medio logré comunicarme. Me dicen que acudirán de
inmediato. Regreso donde Claudia y a los pocos minutos efectivamente llegó una
lancha guarda costa y sacó al pobre perro del agua. Claudia y yo nos abrazamos
de emoción. Habíamos salvado a esa mascota.
Ya de regreso a nuestras casas recién nos percatamos
lo mojado que estábamos y comenzábamos a sentir el frío intenso. Por esos días
no había nadie en la casa donde yo me hospedaba así que Claudia me pidió ir a
mi habitación para ver que hacíamos para entrar en calor. Le presté ropa seca y
pusimos la suya a secar sobre la estufa. Eran las 7pm de ese viernes, y a pesar
del cansancio, sabíamos que aún había mucho por conversar. La noche recién
empezaba y nuestra tertulia tenía para muchas horas más. Como muchas noches, en
las que tuvimos la maravillosa oportunidad de pasar juntos, queríamos
aprovechar para reírnos, para seguir construyendo nuestros sueños, para seguir disfrutando
cada minuto allá en esa hermosa ciudad que marcó nuestras vidas: Vancouver,
ciudad donde tuvimos “a wonderful rain”.
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