jueves, 10 de diciembre de 2015

A wonderful rain in Vancouver

Era enero de 1999, y Claudia y yo acabábamos de salir de clases. Fue la primera Claudia en mi vida y fue maravilloso conocerla. Los viernes las clases terminaban al mediodía, así que decidimos caminar, como tantas veces ya lo habíamos hecho, sin rumbo, sólo con el ánimo de charlar como dos grandes amigos, como si nos conociéramos de toda la vida. Esa gran amistad se había consolidado en pocos meses. Ella acaba de cumplir 18 en noviembre del '98 y yo había cumplido 26 años ese enero.

Yo había llegado a Vancouver a fines de  octubre de 1998 y Claudia había llegado un mes antes. Aún recuerdo la primera vez que la vi y la vez que me escondí por miedo, por timidez. Ingrid, una amiga de Perú, quien había llegado en agosto a esa ciudad y con quien se supone pasaría el tiempo, me animó para viajar hasta esa ciudad, en ese frío invierno, en Canadá. Cuando arribé a Vancouver Ingrid ya tenía enamorado por lo que me quedaba claro que debería andar solo. Era improbable que pudiera hacer amigos y menos comunicarme con "classmates" pues mi inglés en ese momento era muy pobre. Cuando llego a la escuela de inglés, Ingrid me presenta entre otras personas a Claudia. Ella era de México, era una chica de unos ojos negros inmensos y hermosos, rostro delicado, cabello negro muy largo. En verdad era muy bonita. Una semana después Ingrid me invita a una reunión en un restaurante mexicano para celebrar el cumpleaños de Claudia, la cita era para el 10 de noviembre. Dije sí pero pensando en buscar algún pretexto para no ir. Era demasiado tímido para ir a una reunión donde no conocía a nadie salvo a Ingrid. Irían unos 10 estudiantes entre mexicanos, colombianos, argentinos y nosotros, los dos únicos peruanos.

El día de la reunión, decidí, armándome de mucho valor, asistir a la reunión. Por supuesto que en esa época no teníamos celular, no existían el Facebook o el WhatsApp, así que sólo quedaba confirmar, buscar la dirección en los numerosos mapas de la ciudad y asistir. Estando en el bus, a unas cuadras de la casa de donde vivía, me percato que Claudia sube al bus, sólo atiné a esconderme. Me moví hacia el final del bus y me agazapé. Realmente mi timidez era de tal nivel que me paralizaba frente a una chica bonita. Qué idiota! Bueno era yo así, que se le iba hacer. Dejo que Claudia baje del bus en la parada cercana al restaurante, y yo no bajo. Bajé dos paradas más adelante. No quería que Claudia me viera. Me paralizaba el hecho de no saber que decir. Llegué unos 20 minutos después y en esa reunión Claudia y yo nos dimos cuenta que por alguna razón había química entre nosotros. Sólo fue una intuición pero luego el tiempo nos daría la razón. Hasta el día de hoy Claudia y yo somos grandes amigos y el Facebook ha hecho que de alguna forma estemos conectados. Por supuesto que este "pequeño acto de timidez en el bus" fue narrado a Claudia, y hasta hoy, cada vez que lo recuerda le causa mucha risa. En Vancouver, Claudia y yo forjamos una gran amistad, una amistad como yo nunca antes había tenido con una "chica". Fuimos compañeros de aventuras, nos contábamos nuestros sueños, emociones, sentimientos, de estar siempre conectados ella y yo, de viajar a México o ella a Perú...cuantos momentos en el famoso café cercano a nuestras casas, cuantas caminatas, anécdotas miles, o de cuando todos en la escuela, incluyendo los profesores y los dueños de casa donde vivíamos cada uno, pensaban que éramos enamorados....sólo había una gran y hermosa amistad. Agradezco a la vida haber tenido la oportunidad de tener esas vivencias en Vancouver, de haber conocido a Claudia y a Nataly. De Nataly escribiré en otro momento, mujer muy especial para mí.

Bueno fue así como Claudia y yo nos conocimos. Y retomando el inicio de mi historia, una vez más, Claudia y yo nos aventuramos a recorrer Vancouver, esta vez por el lado de la playa.

Eran casi las 4pm de ese viernes frío, no había nevado pero si se sentía frío. Ya estábamos acostumbrados. De pronto, ya algo cansados de caminar por más de 4 horas, decidimos sentarnos en una banca mirando hacia el mar. Estábamos en un muelle y había algo de neblina. Estábamos conversando de lo bien que la pasábamos juntos, de nuestra gran amistad, reíamos mucho de sus ocurrencias. Claudia tenía un fino sentido del humor. De pronto caen unas gotas sobre nuestras cabezas, nuestros rostros. La poca gente que había por los alrededores acelera el paso y sacan a relucir sus paraguas. Claudia y yo no teníamos paraguas, casi nunca los cargábamos, y nuestra ropa, no era la mejor para ese clima extremo. La miro y le digo: "me encanta la lluvia pero te vas a mojar y te puedes enfermar, será mejor que nos vayamos". Ella me mira con esa mirada tierna, de niña, cómplice y pícara, y me dice: " estás loco, yo amo la lluvia". Nuevamente sonreímos, alegres de darnos cuenta que en eso también teníamos algo en común. Sentíamos una paz interior inmensa, y que mejor que compartirlo con alguien, que en ese momento, en ese lugar muy remoto y tan lejos de nuestras familias, se había convertido en lo más cercano a esa persona que puedes amar fraternalmente sin condiciones, sin límites, con total entrega el uno hacia el otro. Guardamos silencio y continuamos disfrutando tan bello momento, con la lluvia empapándonos, mirando el mar, sintiéndonos acompañados el uno del otro.

Luego de unos minutos, Claudia me mira  e interrumpe ese mágico momento, y dice, señalando como a unos 50 metros de distancia en el mar, "mira hay algo en el mar", yo le respondo, " debe ser un lobo de mar o una foca". "No", insiste ella. Nos acercamos hacia la protección del muelle y nos percatamos que efectivamente no era lo que parecía. Era un pobre perro que, vaya saber cómo había llegado ahí, nadaba hacia un bote y de alguna forma intentaba sujetarse de algo y no tenía de dónde. Miro a Claudia y le digo, "trata de llamarlo, voy a buscar ayuda". En ese momento salgo corriendo, y no veo a nadie a quien acudir. Sigo corriendo, hasta que a unos 100 mts de donde había dejado a Claudia encuentro un teléfono público. Estaba muy angustiado, preocupado por el pobre perro que estaba soportando baja temperaturas en el agua, calculo que cercano a uno 5° C, si no era menos. Levanto el teléfono y pido ayuda a la policía. En el poco inglés que había aprendido en dos meses y medio logré comunicarme. Me dicen que acudirán de inmediato. Regreso donde Claudia y a los pocos minutos efectivamente llegó una lancha guarda costa y sacó al pobre perro del agua. Claudia y yo nos abrazamos de emoción. Habíamos salvado a esa mascota.

Ya de regreso a nuestras casas recién nos percatamos lo mojado que estábamos y comenzábamos a sentir el frío intenso. Por esos días no había nadie en la casa donde yo me hospedaba así que Claudia me pidió ir a mi habitación para ver que hacíamos para entrar en calor. Le presté ropa seca y pusimos la suya a secar sobre la estufa. Eran las 7pm de ese viernes, y a pesar del cansancio, sabíamos que aún había mucho por conversar. La noche recién empezaba y nuestra tertulia tenía para muchas horas más. Como muchas noches, en las que tuvimos la maravillosa oportunidad de pasar juntos, queríamos aprovechar para reírnos, para seguir construyendo nuestros sueños, para seguir disfrutando cada minuto allá en esa hermosa ciudad que marcó nuestras vidas: Vancouver, ciudad donde tuvimos  “a wonderful rain”.


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